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La puta y la ramoneta

by on June 13, 2013

Texto de Eduardo Cadaval | @ecadavaln publicado en  portavoz

La expresión jugar a la puta y la ramoneta es comúnmente utilizada en Cataluña para describir una postura ambivalente con el fin de obtener algún beneficio de dicha actitud. Durante muchos años se dijo que Convergencia i Unió —el partido nacionalista que ha gobernado Cataluña la mayor parte del tiempo desde que se instauró la democracia en España—  jugaba a la puta y la ramoneta para describir los coqueteos que hacía por un lado con el independentismo catalán y por el otro con el gobierno español. La indefinición como la estrategia más rentable;  hablar con el diablo y con dios, por si acaso, y además sacar un rendimiento de ello.

A muchos arquitectos no les tienen que explicar el significado de esta expresión, son expertos en el juego. La mayoría de los pertenecientes al llamado Star-system internacional prestan encantados sus servicios a regímenes dictatoriales o construyen museos y salas filarmónicas monumentales para algún jeque árabe. No importa que estos edificios sean un coto exclusivo de la familia real o de algunos turistas de élite ni que se hayan construido bajo extremas condiciones de explotación laboral. Siempre existe un argumento para limpiar las conciencias de los titulares de estas oficinas situadas a miles de kilómetros de la obra. En  París, Londres o Nueva York.

En  México las cosas no son muy distintas. El afán de construir de muchos arquitectos genera a menudo la justificación de lo injustificable: trabajar para  un político irresponsable o un empresario sin escrúpulos, una lideresa sindical corrupta o una dependencia gubernamental con urgencia por ejercer el presupuesto anual sin ningún criterio más allá del de no perder sus ingresos futuros. Los arquitectos nos hemos acostumbrando a bailar al son que nos toquen. No sabemos decir que no y nos engañamos pensando que nuestro fin justifica sus medios.

¿Qué pasaría si un visionario político y un grupo de empresarios quisiera construir un centro comercial en los terrenos del bosque de Chapultepec? ¿Habría algún arquitecto que se apuntaría? La pregunta no es sólo retórica, es también estúpida: ¡por supuesto que habría algún listo que aceptaría el reto! Exageremos más entonces: ¿Si alguien quisiera hacer una tienda Wal-Mart en Teotihuacan? ¡Ah no, esa ya está hecha!  Bueno, ¿qué tal el corporativo de esta cadena de tiendas en la tumba de Benito Juárez? ¿Sería también un reto arquitectónico? ¿Alguien aceptaría el encargo? ¿Dónde está el límite que haría entender que hay cosas que no se pueden hacer?

Si aceptamos que hay proyectos que simplemente no deben hacerse, por qué no pensar que también hay procedimientos que no deben aceptarse. Modos de gestionar las cosas de los que sencillamente uno no puede formar parte pues no sólo no aportan ningún beneficio al pacto democrático, por el contrario, lo dañan y no contribuyen a la construcción de un ámbito adecuado para el ejercicio de la profesión. Quizá deberíamos comenzar a valorar a los arquitectos no sólo por los edificios que han hecho sino también por los que decidieron no hacer, por las cosas en las que decidieron no participar. Juzgar de forma integral la figura del arquitecto, no sólo por la calidad de la obra, sino también por su compromiso y comportamiento profesional.

Hace poco Juan Carlos Tello se preguntaba atinadamente cuáles hubiesen sido las repercusiones si Teodoro Gonzalez de León en lugar de aceptar el encargo para proyectar el edificio que remplazará al conjunto Manacar hubiese rechazado el proyecto y denunciado la demolición de esta importante pieza de la historia de la arquitectura moderna de México. Debido a la envergadura de la figura de Gonzalez de León una hipotética denuncia pública sobre el derribo de este conjunto proyectado por Enrique Carral, Victor Bayardo y Hector Meza hubiese creado un precedente de enorme trascendencia para fortalecer  los esfuerzos de preservación del patrimonio arquitectónico del siglo XX que, a fin de cuentas, también incluye una gran cantidad de obra del Arquitecto Gonzalez de León.

En México se da la particularidad de que el grupo de arquitectos que recibe atención de los medios, gana concursos —cuando los hay— o es buscado por empresarios o políticos, es particularmente reducido y que además la gran mayoría de sus integrantes —especialmente en las nuevas generaciones— comparte excelentes relaciones. ¿Qué pasaría si este grupo se cerrara en banda, si a través de una acción coordinada comenzaran a exigir reglas del juego más justas, si dejaran todos de golpe de atender a cualquier pseudo-concurso o denunciaran las ocurrencias o métodos  de algún irresponsable gobernador en lugar de aceptar la oferta de un encargo?  Bastaría con pactarlo, y a quien no lo cumpliera, exhibirlo. Seguramente un activismo de este tipo serviría más para comenzar a construir una masa crítica y poder cambiar las cosas, que esperar a que los anquilosados colegios de arquitectos reaccionen y hagan su trabajo.

A los estudiantes de arquitectura les propongo un ejercicio: la próxima vez que asistan a una conferencia tengan una actitud más crítica y si  algún arquitecto les explica sus grandes logros pagados con dinero público, interróguenlo sobre la forma y modo en que recibió y gestionó el encargo. Pasarán un buen rato escuchando sus justificaciones y de paso ayudarán a que las cosas comiencen a cambiar. El escrutinio público es una herramienta poderosa y una de las más eficaces para controlar el comportamiento humano; como en México hay poco, es fácil inventarnos la realidad que más conviene, la  que nos permite justificar nuestros actos y limpiar la conciencia.

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