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Los concursos de arquitectura

by on July 12, 2013

Texto de Mauricio Gómez Mayorga, publicado en 1946*

Pocas actividades arquitectónicas hay que, como los concursos de arquitectura, estimulen tanto y tan eficazmente las facultades creadoras del arquitecto. Diríamos que los concursos constituyen un necesario complemento de la carrera; una continuación de la escuela: una manera de forzoso curso de composición para postgraduados, sin el cual corre peligro el arquitecto de estancarse y de convertir su ejercicio profesional en mera tarea rutinaria sin contenido espiritual (y la arquitectura no es tal arquitectura si no tiene un contenido espiritual).

Pero no solamente a los arquitectos educan los concursos de arquitectura. El público que se entera de tales concursos, que asiste a las exposiciones de anteproyectos, que se entera por la prensa y por el cine de esas actividades: que oye hablar de los miembros del jurado y de los fallos que dan éstos, también recibe una importante educación arquitectónica de amplia difusión, que en nuestro medio es indispensable y de excepcional importancia. Para que ellos sea posible hace evidentemente falta que haya concursos de arquitectura. Hace falta que las empresas privadas, el gobierno, los sindicatos, las autoridades eclesiásticas organicen concursos de arquitectura y convoquen a los arquitectos. Pero no basta seguramente que haya frecuentemente concursos, y que los arquitectos hagan a un lado sus ocupaciones y entren a ellos.

Para que los certámenes rinda plenamente su servicio profesional y público y den de sí todo cuanto de ellos se espera, es preciso que a lo largo de toda su delicada y compleja elaboración y cumplimiento se observen prolija y escrupulosamente todos los necesarios principios de técnica y de ética profesional que deben normarlos. Es preciso que las justas de arquitectura constituyan el más alto exponente de cultura profesional que pueda darse; es necesario que estén al margen de personalismos, de pequeñas conveniencias, de intrigas menudas, de politiquerías, de envidias y de egoísmo.Para ello estas competencias deben estar cuidadosamente organizadas, deben tomar como base los lineamientos generales que con una acumulación de experiencia tiene formulados la Sociedad de Arquitectos Mexicanos; deben escoger de manera más escrupulosa un jurado idóneo e imparcial. La convocatoria debe ser un documento sumamente preciso, definitivo, inequívocamente claro, sin contradicciones ni ambigüedades, ni puntos oscuros que provoquen interpretaciones diversas de los concursantes o constantes consultas al Asesor Técnico. Miembros del jurado, asesor, fechas, compensaciones y premios; lugar, día, hora, condiciones de entrega; número de trabajos: todo debe ser notarialmente preciso y debe dar al presunto concursante una impresión de confianza, de firmeza, de seriedad.

Después, en el desarrollo del mismo concurso, toda prolijidad y todo rigor serán poco. Cualquier descuido en la observancia de las bases por parte de los organizadores, de los convocantes, o del asesor, puede ser causa del fracaso de desprestigio del concurso. El anonimato, por ejemplo, condición moral número uno, puede perderse en el momento de ser cometida la más insignificante indiscreción. En este delicado punto, concursantes, organizadores, asesor y miembros del jurado deben ser meticulosos hasta la exageración y deben absolutamente tener la rectitud moral suficiente para cuidar ese anonimato como de la totalidad del concurso. Cuando, como ocurrió inexcusablemente en el concurso al que está dedicado el presente número de esta revista, la exposición pública de los trabajos se abre antes de que falle el jurado, y antes de que ese fallo se dé a conocer, entonces hasta la sombra del anonimato desaparece, con grave perjuicio de la marcha del concurso y con un resultado de la desorientación para el público y de disgusto justificado de los concursantes.

La exposición pública de los trabajos es punto de capital importancia. Los concursos de Arquitectura tienen, como decíamos, una alta misión educativa de trascendencia colectiva. No sólo educan al concursante en la creación y en la disciplina; no sólo educan (o deberían educar) a los jurados en la crítica y en el ejercicio de la justicia, sino también, y muy importantemente, deben educar al público en general sobre el aspecto, el sentido, la aplicación de la arquitectura y la función social de los arquitectos. Cuando la exposición está debidamente organizada y ha quedado en manos del asesor técnico o de persona escogida para el caso y muy particularmente, cuando esa exposición al público después de dado a conocer oficialmente el fallo del jurado, entonces es cuando su sentido de orientación cultural de la gente alcanza un máximo.

En varios, en casi todos los concursos que hemos tenido recientemente en la ciudad, hemos visto descuidarse o ignorarse en forma a veces grave las condiciones que hemos apuntado, y sin cuyo exacto cumplimiento estas justas son más perjudiciales que benéficas. Hemos visto convocatorias confusas y mal redactadas, premios raquíticos, fallos increíbles, compensaciones que no se pagan, jurados contradictorios, opiniones que se hacen públicas antes de que el fallo sea oficialmente conocido; concurso públicos en los que hay invitados con colaboración pagada, parentescos de alcances inesperados; políticos y burócratas en puga con técnicos dentro de un jurado; plazos y programas que no se cumplen; lugares de emplazamiento que se desechan; anonimatos que no se respetan. En general irregularidad, falta de planeación, confusión de programas, olvido de la ética y de la cortesía.

Todo esto y más, que podríamos ampliar infinitamente, ha llegado a caracterizar nuestros concursos de arquitectura hasta hacerlos totalmente inoperantes, desorientadores e ineficaces, y hasta lograr que la mayoría de los arquitectos y artistas plásticos se hayan convertido en acérrimos y justificados enemigos de tales concursos. Rectifíquense estas equivocadas líneas de conducta y de corrección; estimúlese a los arquitectos y artistas a participar confiada y entusiastamente en estas competencias y tendremos en México por fin, en el terreno de la práctica profesional, una digna continuación de nuestras escuelas y un eficaz comportamiento de la tarea que desarrollamos en nuestras oficinas.

* Apareció en la web de Arquine. Tomado de Arquitectura y lo demás, volúmen II, núm. 10, México, septiembre de 1946 a abril de 1947, pp. 20-21 en Vargas Salguero Ramón y Arias Montes J. Víctor (2012), Ideario de los arquitectos mexicanos. Tomo III. Las nuevas propuestas. Conaculta. México.

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