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Perro no come perro

by on July 12, 2013

Texto de Eduardo Cadaval aparecido en portavoz | @edcadavaln

La célebre frase que titula este texto va  más allá de la gran costumbre chilanga de lanzar un trozo de carne al perro callejero  más cercano al puesto de tacos  antes de deleitarse con el manjar escogido.  Si se comprueba que el can lo come sin remordimientos uno está más tranquilo: perro no come perro.

Todos sabemos que esto es un autoengaño y que existe la posibilidad real de no estar comiendo carne de res o cerdo, pero en ocasiones los tacos son urgencia y  si se les echa mucha salsa se anulan las tonalidades sospechosas al paladar y al mismo tiempo uno se desparasita. Un auténtico favor a la Secretaria de Salud. Patriotismo puro.

Entre arquitectos la crítica es descarnada si se trata de juzgar la calidad de obra de un colega, más aún si éste no está presente. Se evalúa hasta el más mínimo detalle y si no se cumple con los más altos estándares se descalifica la totalidad de la propuesta. Cualquier persona que muestra su trabajo públicamente es consciente de que éste será sometido a un exhaustivo escrutinio, pero en pocas ocasiones estos juicios logran convertirse en una crítica arquitectónica sólida que ayude a avanzar el estado de la profesión.

Lo paradójico es que cuando se juzgan los otros factores que intervienen en la realización de un proyecto – el método por el cual se obtuvo un encargo, la pertinencia de éste, o el proceder  profesional  de un colega–,  toda crítica se desvanece y un silencio cómplice hace pensar que  todo mundo se protege: perro no come perro.

Por intereses, por amistad,  por miedo a lanzar la primera piedra  o por reticencia a decir “de esta agua no beberé”, nadie toma postura. Se juzga rigurosamente el detalle superficial de un barandal de acero inoxidable, pero no si el proyecto fue asignado indebidamente. Se examinan los matices de la fachada del edificio público recientemente terminado pero no si ésta costó 3 veces más de lo presupuestado, o  si el comportamiento profesional del que la diseñó dilapidó el prestigio  de la profesión ante la dependencia que realizó el encargo.

La tolerancia gremial a las prácticas irregulares es alarmante. Como si se tratase de una asociación de víctimas de malos tratos, todo el mundo justifica los abusos del otro  como un acto  de autodefensa ante las arbitrariedades del sistema: que si trabajar con el gobierno es imposible, que si nunca se respeta el proyecto,  que si no hay otra forma de hacer las cosas o  que “¿a quién le dan pan que llore?”  Todo mundo se queja en la plática de café, pero nadie lo denuncia públicamente o hace algo por realmente cambiar las cosas.  Nos quejamos de que en México ningún político paga por sus abusos, pero no somos capaces de juzgar con el mismo rasero  a nuestros colegas. Adaptamos nuestras estrategias y argumentos  para  sobrevivir al sistema y al hacerlo terminamos por validarlo.

Estas líneas no pretenden ser sólo una recriminación sobre lo ya pasado, pues es cierto que muchos arquitectos  han  tenido que enfrentarse a duras condiciones laborales y han intentando en muchas ocasiones hacer las cosas lo mejor posible. Lo que sí pretendo decir es que podemos seguir quejándonos de todas las cosas que hace mal el gobierno y el colegio de arquitectos, o podemos empezar por cambiar nosotros y poco a poco construir una cultura democrática alrededor de los temas que afectan a la arquitectura pública para  que finalmente se propicie un cambio que haga inimaginable la situación actual.

Habrá quien piense que esta postura es de una inocencia brutal, argumentando que en México simplemente las cosas se hacen de otra forma y que lo otro conduciría al inmovilismo . A  esto respondería que no sólo es  brutalmente inocente pensar que podremos seguir operando ad infinitum como hasta ahora, sino que también es irresponsable. Si muchos de los actuales profesionales han tenido que desarrollar su vida profesional bajo complicadas condiciones laborales, por qué no hacer algo  por cambiarlas. Si admiramos la arquitectura que se da en otros contextos debemos preguntarnos cuáles son los factores que permiten que ésta se genere y trabajar para implementarlos.  El código genético de los españoles, suizos o colombianos  no es más apto para crear buena arquitectura que el que hay en México; sus estructuras  laborales sí lo son.

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