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Los silencios sobre la cineteca

by on April 24, 2014

Victor Alcérreca | @vicpolar

Es la más grave de todas mis culpas pero, en fin, la he cometido. Pequé de silencio ante ti y ante mí. Cuando el silencio se instala en una casa, es muy difícil hacerlo salir; cuanto más importante es una cosa, más parece que queremos callarla. Marguerite Yourcenar, Alexis o el Tratado del Inútil Combate

 

Soy parte de la “mitología crítica” que Arturo Ortiz describió en su artículo del día 17 de abril, acerca de las consecuencias de la lluvia “atípica” que cayera un par de días antes sobre la Cineteca Nacional. Participé de la otra lluvia, la de los comentarios que provinieron los días siguientes de  “una gran cantidad de twiteros, muchos de ellos arquitectos(…)” que  “señalaron a Michel Rojkind y a Gerardo Salinas como los responsables de la mala calidad del edificio”. Intento alargar los casi 140 caracteres con los que respondí a ese texto y donde, en resumidas cuentas, argumentaba a favor del rigor de ida y vuelta.

Releyendo a  Ignasi Solà-Morales en su ensayo “Sadomasoquismo. Crítica y práctica arquitectónica”:

En su alejamiento del objeto y en la inseguridad de sus argumentos el crítico controla su angustia compensándola con agresividad. El sadismo latente en la crítica contemporánea no es perversidad personal de quienes la ejercen sino un mal du siècle, patente manifestación de un síndrome que afecta sus relaciones con el universo de los hechos y por lo tanto también con el mundo de los objetos arquitectónicos.

Pero al sadismo de los críticos corresponde, simétricamente, el masoquismo de los autores. Pacientes productores de artefactos cuyo sentido no se desvela de modo natural y evidente, los arquitectos, con sus obras a cuestas, se muestran resignados a recibir golpes de sus castigadores.

Me atrevo a estirar un poco las categorías propuestas por  Ignasi Solà-Morales: en nuestro medio los autores no son simples masoquistas resignados a recibir las reacciones de sus críticos —mitológicos o reales. En el manejo de sus relaciones públicas, de los medios de comunicación y la publicidad, los despachos invierten tanto tiempo como en proyectar. Han aprendido que de lo primero depende muchas veces lo segundo. No esperan las reacciones, promueven el ruido.  Y con menor frecuencia, por desgracia, la reflexión. Los diseñadores masoquistas, cuando se presentan así, no lo son por resignación o recato, pareciera más bien una forma estratégica de autocontención.

“Ocurre que estamos más en el spotlight, entre más estás ahí eres más propenso a las críticas”, afirma el propio Michel Rojdkin en una de las múltiples entrevistas que circulan por la red. El spotlight al que se refiere no viene de otro lugar más que del propio trabajo dedicado de su despacho y su equipo de relaciones públicas.

Suponiendo (como lo sugiere el texto de Arturo Ortiz) que durante el proceso de obra, constructores y supervisores ignoraron un proyecto correctamente construido en el papel y que al hacerlo originaron los evidentes  vicios del edificio, ¿no tendría el equipo de proyectistas la responsabilidad de deslindarse a tiempo? Se ha insistido en este y otros edificios ordenados por Consuelo Sáizar en la imagen del equipo de arquitectos resignados a ver su trabajo traicionado y apurado por agendas irracionales. ¿Es conveniente seguir en la promoción mediática de un edificio viciado al incluirlo con la misma prisa en publicaciones, conferencias y concursos? Al hacerlo, insisten en el viejo cliché que dice que los despachos se sienten responsables sólo de las imágenes que reproducen las obras, no de las obras en sí mismas.

“Nada sorprendente en una época fundamentada en la imagen, donde se ha perdido la capacidad de valorar aquello que no es visible. La significación del mal ecuménico representado en un edificio recae sobre los arquitectos, nada más conservador y ciego”, afirma Arturo en su artículo. Sumándome al argumento, lo que se ha promovido del edificio es, precisamente, sólo lo visible: las fotografías cuidadas y editadas, el incremento del público (que está ahí a pesar del edificio, no por obra y gracia de una ex funcionaria pública con carencias en su aparato lógico).

Un contrato público asignado a un arquitecto en México, parece también incluir en la letra chica un acuerdo de omertá. Aceptarlo es no hablar de él, especialmente frente a tus colegas —tan dados siempre a la descalificación ignorante. De las obras públicas, y la Cineteca Nacional es en ello ejemplar, solo se habla tangencialmente. Más allá de sus realidades técnicas, legales, económicas y políticas. Cuando más, se sobrepone a la obra un discurso —impostado o no— para consumo interno del gremio y para la necesaria búsqueda de la siguiente asignación. Pero un discurso innocuo al fin como respuesta a las circunstancias duras que determinan un proyecto tanto o más que una postura de diseño.

Hace algunos meses asistí a una reunión de profesores de arquitectura que cerró de una manera memorable. Después de tres días de trabajo y discusiones, un profesor griego  (algo histriónico, quizá por lo mismo) concluía que su única certeza era “estar cansado de asistir a esos eventos de autoflagelación gremial”. “Nuestra debilidad gremial” y la constante  aclaración no solicitada sobre la amistad que mantienen los autores de muchos textos  con los aludidos en la crítica —un gesto tan mexicano como innecesario— ¿no son parte de esta autoflagelación?

¿Nos queda sólo la academia autoflagelante y las promociones desmesuradas para hablar entre arquitectos? Obviamente no. En el ánimo de “utilizar la coyuntura para fortalecer al gremio de arquitectos” pienso que la próxima mesa redonda que se tenga al respecto del proyecto puede ir más allá del reciclaje de las imágenes y la promoción optimista de un oficio glamoroso que la corrupta realidad insiste en manchar.

La urgente discusión sobre la Ley de Obra Pública, los métodos de asignación de proyectos y las responsabilidades  de gastar dinero público en diseñar y construir (lo cual en este país no acaba de sonar “tan” grave) debería encontrar lugar en la misma escena dinámica, activa y muy visible que algunos en el gremio de los arquitectos ha sabido construir inteligentemente en México. Es una propuesta. En las escuelas de arquitectura, ni siquiera es materia de estudio seria —rigurosa, sin comillas— las responsabilidades jurídicas que implican el ejercicio de la profesión (mientras que en países donde impera la cultura del respeto a la ley, la palabra “liability” está grabada en la conciencia profesional  de los egresados de toda Universidad, incluso a la hora de considerar evadirla). Y ni siquiera me atrevo a hablar de la conciencia política del ejercicio de la arquitectura, ante el riesgo de empezar a aburrir lectores ocupados en el permanente Sim City de los talleres de proyectos.

Michel Rojkind y su equipo, como otros afectados por las arbitrariedades de la administración de Consuelo Sáizar, tienen la invaluable oportunidad de abrir esta otra discusión. Y esto no sustituye ni distrae del largo y complicado camino de intentar cambiar la ley. Ellos ya están bajo el foco y la experiencia del desconsuelo sería didáctica para el gremio entero. Los silencios, a los que se refiere Alejandro Hernández en su respuesta, se resguardan en la propia casa. Y posiblemente prescribieron con el cambio de gobierno.

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